28.6.08
Ecuación animal
A la tarde es cuando vienen,
bandadas de gorriones
y cuervos de un azul oscurísimo.
Picotean siempre sobre el mismo espacio,
como si un círculo imaginario
les hubiera sido asignado.
Por lo general no se molestan,
indiferentes a la existencia del otro.
Hasta que un gorrión se rezaga
y los cuervos, como ante una señal convenida,
levantan vuelo
y aletean en torno a él por un segundo:
ni siquiera llega a verse la sangre.
Los demás gorriones quedan inmóviles:
sólo vuelven a picotear cuando todo ha terminado.
¿Será por miedo a arriesgarse
o porque comprenden la irremediable suerte
que correrán algún día?
 
Sahumancia
No te vi al entrar,
cegado como estaba
por las luces.
Vos
eras la sombra que avanzó
            –¿desde qué lago,
            desde qué lecho?–
para tomarme del brazo.
        La voz te delató.
Algo se abría
            –un resonar metálico,
            un zumbido opaco–
al terminar cada palabra,
en el borde mismo
de la frase.
        ¿Cuántos muros de incienso quemamos
        en puentes de ceniza?
9.5.08
Palomo herido
Sostengo entre mis manos
Poemas de Robert D'Arbre (1899-1952)
En 1968, Aldo Pellegrini se encarga de traducir y prologar para la Compañía General Fabril Editora a un poeta belga que, exceptuando quizás alguna traducción de un poema suyo en la revista Poesía Buenos Aires de los ’50, resultaba totalmente desconocido para la lengua castellana: Robert D’Arbre. Actualmente, el libro Entre líneas. Poemas reunidos se encuentra agotadísimo en librerías; ante la imposibilidad de reeditarlo por cuestiones de derechos de traducción, transcribo aquí, como una somera muestra, el prólogo de Pellegrini y algunos de los poemas de D’Arbre, en exclusiva para el blog.
Introducción
La lectura de los estudios críticos existentes en torno a la obra de Robert D’Arbre (1899-1952) no sirve, a nuestro juicio, más que para conocer el título y el año de sus heterogéneas publicaciones. Entre vanguardias, entre guerras, se ha intentado vincular al poeta sucesivamente con el simbolismo, el expresionismo, y el nouveau roman. Nosotros hemos preferido sumergirnos en la obra del poeta considerándola como una unidad en sí misma, valorándola en su justa medida individual, aunque sin descuidar los datos biográficos más relevantes de cada momento.
D’Arbre nace a fines del siglo XIX en Amberes, hijo de una familia belga tradicionalmente vinculada con sus familiares franceses. Por ese motivo, toda su obra se encuentra escrita en francés, exceptuando el uso de ciertas expresiones alemanas que le resultan “intraducibles”.
Tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, él y su círculo más cercano de afectos buscaron refugio en Francia. De estos traslados surge su correspondencia con André Bretón, que muchos críticos han utilizado para vincular a D’Arbre con el surrealismo (de hecho, su nombre aparece en el Segundo Manifiesto Surrealista). Sin embargo, el tema de la búsqueda de identidad en su obra temprana, así como el ‘clima de época’ de principios de siglo, nos tientan (retrospectivamente, por supuesto) a vincularlo más estrechamente con la obra de Kafka.
Dejando de lado algunos poemas olvidables publicados en la revista Minotaure, sin duda su primer trabajo relevante y “orgánico” como libro fue Chatêau de l’île de Jersey, un extenso poema que refleja el profundo impacto que le causó su visita (según la mayoría de los críticos, en 1926) a la isla donde había residido tantos años “autoexiliado” de Francia el poeta Victor Hugo. Algunas reseñas de la época indican una fuerte deuda con El cementerio marino de Paul Valéry; en realidad, la única semejanza que puede encontrarse hoy es la referencia a temas marinos, por cierto más patentes en la obra de D’Arbre que en la de Valéry[1].
Mencionaremos otros dos libros de poesía, Arbalabra y Presentimientos. El primero, al margen del juego con su propio nombre presente en el título, presenta una curiosa experimentación con el sonido y los palíndromos, prácticamente imposible de volcar a nuestro idioma. Presentimientos, por el contrario, marca la depuración de su decir poético, con un tono más duro y personal, que adelanta el impacto que tendrían sus últimos poemas, publicados póstumamente como Despojos.
D’Arbre también se aventuró en la novela corta con el extraño libro Desayuno, el cual sólo aparenta narrar el desayuno de un hombre. En realidad, la apuesta está centrada en el lenguaje y la forma de narrar. Constantemente se entrecruzan frases que interrumpen el relato, pero es difícil discernir si se trata de pensamientos, fragmentos de sueños de un hombre que aún no está del todo despierto, o advertencias premonitorias sobre algo que ha de ocurrirle durante aquel día.
En los últimos años de su vida, los difusos años de posguerra en los que, literalmente, su biografía se “diluye”, las publicaciones de D’Arbre fueron casi nulas. Tal vez a eso se deba el que algunos críticos (insistiendo en acercar lo que desconocen hacia el terreno en que se sienten más cómodos), vinculen esta etapa de su producción con la de Beckett. Pero existe, creemos, una diferencia importante: Beckett decía no poder escribir, y continuaba escribiendo; en tanto que D’Arbe ni siquiera decía no poder escribir, y efectivamente no escribía. Nada sabemos de las causas de su temprana muerte. Recientemente, el intento por parte del gobierno belga de repatriar sus restos culminó en el absurdo extravío de sus cenizas. Acaso éstas esperen un mejor destino en un anónimo depósito estatal, confirmando la resistencia de este poeta al descanso dócil y la clasificación facilista, aún más allá de su propia vida.
A. P.
[1] Por lo demás, cuando publicó El cementario marino, a nadie se le ocurrió acusar a Valéry de plagiar La Odisea.
De El Castillo de la isla de Jersey
IV
¡Pescados!
¡Me acechan pescados!
Compañeros de hueso,
espinas sin nombre,
dispersas sobre la arena.
¿Cómo entender
tu última bocanada
de aire fatal?
¿Cómo leer el vacío
donde solían estar
tus ojos?
la marea golpea
la costa de la isla,
y apela al castillo inamovible.
Incansable,
la espuma se precipita,
salpica la arena
y se desvanece.
Incansable,
la bruma marina
corroe relojes, oxida cerraduras,
sala el alma de todas las cosas.
la gaviota hambrienta
chilla furiosa
sobre la playa vacía.
Incansables,
incansables,
incansables,
las olas se arremolinan
unas contra otras
como enemigas fraternas.
De Presentimientos
Asombro
La hendidura
de la herida
donde penetró el cuchillo
secó miserablemente;
asombro
por la extensión cicatrizada,
asombro
por la extensa cicatriz;
ante la ingenua obstinación
del cuerpo
por sobrevivir.
Accidente
la tinta mancha mis manos
no puedo lavarla
no puedo
no sale
es un ácido
que me corroe los dedos
¡miren
las marcas de tinta
sobre mis manos!
supone
una nueva cicatriz
Tarde
tarde
me he dado cuenta
de que el prójimo
no existe para mí
o algo
ha absorbido la palabra
la ha vaciado
totalmente
de sentido
por hacer
sino
esperar vanamente
que se cosuma
mi llama
- ¿Dónde está Polonio?
- De cena.
- ¡De cena! ¿Dónde?
- No donde come, sino donde es comido.
Shakespeare, Hamlet, IV, 3
Renuncio
a las funciones corporales
con excusas
promesas
con lo que haya que hacer
con lo que sea necesario hacer
con lo que deba hacerse.
a la vigilia
renuncio a que se distinga algo
que no sea ESTO:
mis pies
y mi lengua.
al hambre;
aclimato mi cuerpo,
lo entrego al duro signo
de la necesidad
y así lo fortalezco.
(¡nunca lo necesité
y ustedes
viven engañados!)
haga lo que haga
el resultado es siempre el mismo:
De qué sirve
que me alimente
si median contados minutos
entre ingestión
y expulsión
comida
y excremento.
Abjuro de vuestra comida
(futuro excremento)
yo, hombre,
futuro cadáver.
entonces
el futuro?
abrigarlo
abarcar por completo su superficie.
la de la muerte
y el gusano!
desangra la carne
fabulosa hoguera celeste
los dedos
arden
qué quiere decir
apostar así
por la anónima riqueza
el aullido del loco
quién va a–
entre la Multitud!
5.3.08
Dos haikus beat
I
las patas peludas
de una cucaracha.
II
Asomado a la ventana
el perro
con su pija erecta.
18.2.08
2 chicas pop
dos chicas pop
en el subte temprano a la tarde
con remeras a rayas las dos
una verde y blanca
fucsia naranja y amarilla la otra
encimadas
una sobre la otra
tratando de caber en un asiento
pensado para una persona
dos chicas pop
una toma del brazo a la otra
le apoya la cabeza sobre la espalda
y la otra
casi maternal
se deja
una es más gordita
la otra flaca
serían iguales si no fueran
tan parecidas
zapatillas all stars
verdes
marrones
una tiene
un morral cruzado sobre el pecho
la otra sólo la toma del brazo
le apoya la cabeza
tienen
21 o 22 o 23 años
no más ni menos
el vagón se vació
al final del viaje
pero ellas siguen ahí
encimadas sobre el asiento
pensado para una persona
vagamente concientes
de que las miran
13.11.07
La pluma de ganso
La siguiente es una noticia que nos llega del año 1190. El general japonés Yoritomo ha creado el título de shogun y reprimido ferozmente todo intento de oposición a su autoridad.
Pero Yoritomo tiene un castigo predilecto que reserva para los crímenes más aberrantes. “La muerte y la tortura”, argumenta, “tienen la desventaja de su ínfima duración.”
En esos casos extremos, se obliga al reo a permanecer de pie sosteniendo entre sus manos una pluma de ganso. Si es capaz de sostenerla durante un tiempo indeterminado, sin dejarla caer, sin moverse, sin vacilar siquiera, entonces recobrará la libertad. (Las crónicas se contradicen en torno de si alguien obtuvo alguna vez semejante gracia.)
El suplicio se lleva a cabo en una habitación diseñada especialmente con el fin de impedir la más mínima corriente de aire. Hay samurais en cada extremo del cuarto, que se relevan de improviso, sin regularidad alguna. En el medio, descalzo y sin cadenas, está el condenado, con la pluma inmóvil.
No es inusual que el malviviente se ponga a observar cada vez más detenidamente la pluma por aburrimiento: el tubo hueco, las barbas aparentemente simétricas pero imperfectas, la blancura desmentida por ínfimos matices de gris y amarillo. Poco a poco, la conciencia de la pluma se abre paso en la mente del condenado hasta volverse insoportable.
Entonces el reo comienza a notar el peso: “No es cierto que la pluma carezca de peso. Puedo sentirlo sobre mis manos inmóviles. Casi puedo precisar qué parte de la pluma es más pesada, y cuánto pesa exactamente”. Ya le tiemblan las manos, a medida que siente cómo aumenta el peso.
Esperando el momento de su absolución, el infeliz puede correr dos destinos diversos. Puede enloquecer afirmando que lo que sostiene no es una pluma de ganso sino una escama negra de dragón, transfigurada con un encantamiento para engañar a los reos. O puede derrumbarse, nadie sabe exactamente cuándo, agobiado por el peso.
A lo largo de horas, días o semanas (es imposible precisarlo porque el cuarto recibe siempre la misma iluminación), el condenado sentirá aumentar el peso, pero no se atreverá a abandonar su posición ni a hacer el más leve movimiento. Sólo podrá dirigir hacia un extremo la mirada, para ver una vez más la sombra del samurai vedando el paso, el brillo de su espada reflejando la luz uniforme entrando por el tragaluz. Y en sus manos, el peso de la pluma, aumentando…
La ampolla de sangre
Caminaba por un extenso pasillo.
Las puertas a los costados eran planas e irreales.
Sólo había una verdadera puerta: la que estaba adelante, hacia donde yo iba.
Pero esa puerta se alejaba más y más.
Empecé a correr.
La puerta pareció estirarse hacia arriba.
Pegué un salto y alcancé el picaporte.
Era redondo y dorado.
Le di una vuelta.
Y hubo un crujido.
Estaba adentro.
Pero no había manera de descubrir por dónde había entrado.
Hubo un ruido fuerte.
Un polvo como de tiza cayó sobre mis ojos.
La vista se me nubló en la oscuridad.
Y entonces lo sentí acercarse: el cielorraso venía hacia mí.
No se estaba cayendo: venía hacia mí.
Alcancé a extender las manos y sentí un peso infinito sobre mis dedos.
Desperté: estaba en mi cama.
Los dedos me dolían.
Supuse que me los había apretado contra la pared mientras dormía.
(Hasta el sueño más irreal se ve explicado cuando despertamos.)
Di vuelta la mano y la vi.
En uno de los dedos había una ampolla de sangre.
A veces la miro rápidamente y me sobresalto: como si no formara parte de mí.
Por un segundo pienso: es una garrapata hinchada de sangre.
Otras veces la toco, involuntariamente la toco, y responde con un crujido.
No me parece que vaya a irse.
Al contrario: parece estar creciendo.
Y aunque lo intento, no consigo volver a soñar con el pasillo y las puertas.
El tercero en discordia
El gato deja de moverse para acechar al pájaro.
El pájaro deja de picotear para escuchar al gato.
La tensión se basa en la inmovilidad de ambos.
Abre un lapso de tiempo que no puede ser medido.
No existe más que el gato para el pájaro.
Tampoco existe más que el pájaro para el gato.
Ni siquiera
la larga sombra del perro.