2.7.15
El ciruelo
Ayer se cayó el ciruelo,
el único árbol antiguo
que quedaba en el jardín.
No lo volteó una tormenta
ni lo partió un rayo;
no cayó por un vendaval
ni tampoco se secó de viejo.
Simplemente se desplomó al suelo,
exhausta su columna vegetal,
agotadas sus raíces
del abrazo perpetuo con la tierra.
Yo que descubrí sobre su corteza
insectos atrapados
en gruesas gotas de savia seca,
yo que rescaté de entre sus ramas
una herradura vieja que alguien olvidó alguna vez;
yo que enmudecí frente a la maravilla blanca
de cientos de flores diminutas
espolvoreadas entre sus hojas
y rescaté sus frutos amarillos
repletos del agua del verano,
no tuve despedida
ni palabras que decirle
al ciruelo.
Mi hijo no lo verá en pie,
no se colgará entre sus ramas;
quizás tropezará con el hueco inmenso
o alcanzará a tocar un tronco,
un pedazo de corteza seca.
El ciruelo
simplemente se arremolinó sobre sí
y exhaló un crujido,
como quien muere solo
con el rostro vuelto hacia la pared.
Octubre de 2012.
El peso del mundo
Me pediste
en tu lecho de muerte
apretando mi mano pequeña
entre tus palmas arrugadas
que cuidara de mi madre,
tu hija:
“Ella es frágil”, dijiste,
“no como vos
que sos fuerte
porque naciste sosteniendo el peso del mundo”.
Ahora mis palmas arrugadas
sostienen una mano pequeñita,
la de mi nieta,
y comprendo todo:
la fragilidad
es hereditaria
pero se saltea una generación.
2010.
2.10.14
voyageur / voyeur
insomne
mira a la mujer
que duerme a su lado en el ómnibus
las luces cruzan el rostro de ella
en ramalazos fugaces
una marea de sombra
lame el contorno de su rostro
llega hasta sus labios
                        y se retira
gateando
arrastrándose de nuevo
                        a la penumbra
allí donde la mirada ávida de él
encuentra su refugio
Agosto de 2014.
21.11.13
4.3.13
Elegía
Each one believing that love never dies,
Watching her eyes and hoping I’m always there.
To be there and ev’rywhere,
Here, there and ev’rywhere.
Lennon-McCartney
16 de marzo de 2005.
1
Hoy murió mi abuela Malena. Un accidente tonto con un golpe serio, una operación pospuesta y una recuperación trabajosa fueron los antecedentes. Los últimos días seguía igual; no había vuelto a despertarse desde la operación. El mundo a veces es cruel en sus intentos de resguardar a los demás, a nuestros queridos viejos: son tan bellos y delicados que pueden romperse con el roce de una mano.
2
Entré varias veces a la habitación de la clínica. Era la primera vez que veía un muerto en mi vida, y me costó ver ahí a mi abuela. Su expresión era distinta (en parte, producto del golpe), y sus pobres brazos se estaban hinchando.
Pero el dolor ya no era por ella, sino por los que estaban ahí: mi abuelo Horacio, llorando por primera vez para mí; mis tíos, mi vieja.
3
El velorio fue muchas horas después, en lo de mis abuelos. Ahí volví a verla, volví a ver a mi abuelo, a mis parientes. Ahora la habían arreglado, tal como a ella le hubiera gustado, y entre sus manos habían puesto un rosario. Parecía un ángel. Llevaba en su cuello el regalo que le hicimos sus nietos cuando cumplió 80 años: una cadena, con varias medallitas. Mi tío José le hizo un chiste a Horacio, si no le había faltado ponerle algo más: “Mi corazón”, dijo con sencillez mi abuelo.
4
Salí al balcón del departamento a tomar aire. Hablaba con mi tío Martín, y le comenté que la noche anterior había leído a Whitman. Intenté describirle la idea de sus versos, de que Whitman no creía en la muerte como tal; ¿cómo podía haber muerte, si la tierra, al recibir los restos y los cadáveres enfermos, ofrecía pastos cubriendo las llanuras en primavera, pájaros trinando, hojas verde-oscuras saliendo de las papas, y la hoja de cebolla, perforando hacia arriba como una lanza?
En el sanatorio, habíamos visto a mi prima Guilli, embarazada de varios meses. ¿Cómo puede haber muerte, con toda la vida que han dejado tras de sí mis abuelos? Somos su fruto, somos las hojas de hierba, la primavera de los días; vivimos todavía, a través de nuestros abuelos y gracias a ellos.
5
En el pasillo que da al dormitorio donde velan a mi abuela, veo los cuadros colgados. Son tres cuadros grandes, tres collages que hizo mi abuelo, superponiendo y pegando infinidad de fotos donde aparecen Malena o él, mis tíos (sus hijos), y nosotros, los nietos. Hay fotos antiguas y recientes; algunas, en blanco y negro. También la foto de los 80 años de mi abuelo, y la de los 80 de mi abuela, enmarcadas aparte en cuadros grandes. Y del otro lado, las fotos del casamiento de ellos y el de los hijos.
Entonces empiezo a entender. Mi abuela Malena no está en la habitación; mi abuela Malena está en esas fotos, porque así era cuando vivía: alegre, pícara e inseparable de mi abuelo hasta la muerte. Está en las anécdotas de los que vinimos hasta acá a despedirnos, y en nuestros corazones.
6
También hablé con mi tío José mientras estaba en el balcón del departamento de mis abuelos. Un horrible edificio que están construyendo enfrente les tapa la vista que tenían, y de la que tengo muchos recuerdos. José me dijo que había pasado un tiempo con sus viejos en enero, y que entonces Malena le había dicho: “Horacio me dice que podemos comprar alguno de los pisos, para poder ver el río…”. Imagino la escena: dos viejos que llegan a un departamento totalmente vacío, avanzan hacia el balcón y van saboreando la vista de a poco, sabiendo que tienen todo el tiempo del mundo por delante.
7
No sé si hay cielo; sí sé, como Whitman, que hay vida, no muerte:
The smallest sprout shows there is really no death,
And if ever there was it led forward life, and does not wait at the end to arrest it,
And ceas’d the moment life appeared.
(El brote más pequeño muestra que en realidad no hay muerte,
Y que si hubo empujó a la vida y no espera al cabo de ella para detenerla,
Y cesó al aparecer la vida.)
También sé que mi abuela aún vive en ese lugar. Sé que mañana no enterraremos su cuerpo, porque su cuerpo ya dejó de ser ella hace tiempo. Ella se esparció en el aire, en el cielo, en la hierba; en nosotros, sus hijos, sus nietos, sus frutos.
17 de marzo de 2005.
8
En el entierro un sol ardiente partía la tierra, y yo estaba muy acalorado con el traje. Hicieron bajar el ataúd, y nos quedamos un rato largo en silencio. Finalmente, rezamos un ave María.
Ahora es de noche, y llueve. El calor del día cayó de golpe hace más o menos media hora, mojando toda la ciudad, incluyendo la tumba recién sepultada. Supongo que así debe ser. Ahora la hierba crecerá fuerte, subirán sus hojas, brotará alguna flor entre el pasto. Y ahí, arriba, abajo, en todas partes, estará mi abuela Malena, que parecía un ángel cuando la despedimos.
23.1.13
Haiku ajeno
Paciente lluvia.
Después de la tormenta
se mueve el árbol.
Cada tanto encontramos viejos escritos y nos los atribuimos solo porque están fechados, firmados y redactados por nosotros: no importa que el contenido nos resulte ajeno, ni que nosotros seamos, esencialmente, otros.
Para completar el círculo, transcribo este haiku que parece haber atravesado los continentes y los siglos para llegar a mi presente y a mis papeles.
11.1.13
como la luz /contra la sombra
como la luz
contra la sombra
voy a reunir las huellas
los rastros
que dejaste dispersos
como la luz
contra la sombra
voy a invocar los fantasmas
voy a encender los fuegos
voy a seguir la senda
como la luz
contra la sombra
no te prometo llegar
te ofrezco apenas
mi duda
como certeza
mis manos
como árboles ardiendo
una senda
como campo de estrellas
Un viejo poema de 2005 que encontré casi por casualidad.
8.10.12
¡Presentación!
¡Presento mi primer libro! Estaré acompañado de una dupla que se las trae: Santiago Espel y Buby Kofman, quienes también presentarán sus últimas publicaciones. Ojalá puedan venir. Es en La Plata, pero bien vale el viaje.
16.8.12
Poema plagiado
VICENTE / SOFIA mis felicitaciones a los dos 1er nieto un gran abrazo se me complica un poco ir a la plata espero conocerlo pronto muchos saludos
(Transcripción textual del e-mail que me envió mi tío Enrique por el nacimiento de mi hijo Julián.)
27.8.11
Troya
Al día siguiente montamos a caballo
para visitar el lugar del combate:
estaba desierto
y las aves de rapiña
cumplían su obra;
sólo algunos carros
cruzaban el campo
lentamente,
cargados de cadáveres,
dirigiéndose a unas zanjas
largas
y profundas
donde desaparecían juntos
vencidos
y vencedores.
(Testimonio de Théodore Lacordaire acerca de
la batalla de La Tablada, 22 de junio de 1829.)
la batalla de La Tablada, 22 de junio de 1829.)
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